Recuerdo muy vagamente haber escuchado de pequeño acerca de un familiar, por parte de padre, al que se le llamaba “maricón”. También recuerdo ver como todos agachaban la cabeza y evitaban conversar sobre ese maricón. Repito que todo esto son sólo flashes que guardo siendo yo muy pequeño, quizás con cuatro o cinco años.
Ahí empecé a atar cabos, yo con mis catorce años recién cumplidos y descubriendo que me pasaba igual que a ese familiar del cual no sé ni siquiera el nombre. Incluso me atrevería a decir que si preguntara hoy por él me negarían hasta que existió nunca. A este descubrimiento acabaría uniendo también todo el acoso recibido en el colegio -de ahí que no me importase el haber dejado los estudios, cosa de la que hoy me arrepiento-, acoso que no sólo consistía en ser apaleado casi a diario, sino que también constaba de burlas que llegaban a ser más hirientes que todos los puñetazos recibidos. Burlas en las que se te trataba como a un enfermo con riesgo de contagio. Pero por suerte o por desgracia, la capacidad de olvidar siempre fue algo destacado en mí. Era eso o volverse loco del todo y acabar saltando por la ventana.
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