Bear and the City: 55 – Novio de fin de semana

Igual que hice al entrar en mi nueva casa fue que hice en mi nuevo trabajo, “Hola, este soy yo y este es mi chico. Encantado de conoceros.” Una oficina con gente de todas las edades. Un equipo cuanto menos, curioso, pero que acababan por ser una piña donde no sobraba nadie. Jóvenes, mayores y más mayores, todos me recibieron con los brazos abiertos. Al parecer les gustaron mis formas decididas. No tardé nada en acostumbrarme a ellos.

Mi nuevo día a día se organizaba de la siguiente manera. Mi chico se encontraba en el desempleo en esos momentos, así que se dedicaba a ayudarme con el mío para que aprendiera a moverme por todas las zonas posibles. Por la mañana trabajábamos juntos. A mediodía me iba a comer a mi casa. Nos volvíamos a encontrar por la tarde y, al terminar, pasábamos un rato juntos en mi casa hasta que se iba a cenar a su casa. Los fines de semana se venía a dormir a mi casa hasta el domingo por la tarde, que se volvía con sus padres.

Las primeras semanas, salvo algún incidente del tipo ‘me cruzo con alguien que conozco y desaparezco de tu lado para que no sepan que soy gay’, no ocurrió nada del otro mundo. Eso no significa que este tipo de actos no me jodieran a morir. Se lo repetí como mil veces, “Me revienta ver cómo la persona por la que me he venido a vivir aquí desaparece cuando se encuentra con algún conocido porque no sabe que es gay. Y más me jode la cara de gilipollas que se me queda. Esto lo pasé hace casi diez años y no estoy dispuesto a volver a pasarlo.” A esto tenía que sumarle que cada día tenía que despedirme de él a las diez de la noche porque tenía que volver a su casa. El hecho de volver a casa de sus padres no me molestaba. Lo que sí me jodía era que se tuviera que ir “porque no sabían que yo era su novio” y que luego en su casa se pegara hasta las dos de la mañana en el chat de osos. Yo trabajaba con él y vivíamos juntos los fines de semana, pero el resto de noches eran para sus amigos gays del chat. Hubiera preferido no verle durante todo el día sólo a cambio de poder pasar las noches con él. Eso fue algo que nunca conseguí con él.

Mi chico también tenía un grupo de amigos con el que se reunía cada tanto para jugar a las cartas y, de paso, aprovechar para meterse unas rallas. No lo hacía muy seguido ni mucho menos. Pero era algo que estaba ahí. Al principio intenté evitar esas reuniones, pero no hubo manera. Eran sus amigos y era algo de lo que yo ya estaba avisado. Así que recurrí a lo de “si no puedes con el enemigo, únete a él”. Nunca hubo problemas de exceso, pero las drogas volvieron a estar presentes, aunque sólo fuese en grandes celebraciones o en estas reuniones… pero volvieron a estar presentes. Insistiré en no culpar a nadie, ya que yo siempre pude decir que no y no lo hice porque no me dio la gana.

El haber vuelto a consumir, el dormir sólo –siempre obsesionado con no estar sólo-, mi chico y su puto armario de puertas encadenadas, todo desembocó en unos celos que nadaban en lo enfermizo. Empecé a querer controlar cada movimiento de mi chico. Me reventaba que el cien por cien de su vida gay de lunes a jueves fuese con desconocidos en Internet y no conmigo. Conmigo sólo el puto trabajo y los fines de semana. No sé vosotros… pero yo me sentía la putita en vez del novio.

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El Gato

Bloguero adicto y redactor del grupo Actualidad Blog desde el año 2009. Un gay no vive sólo de Madonna y Kylie, por desgracia. También existen... Ver perfil ›

2 comentarios

  1.   Kamaji dijo

    Celoseteeeee 😉

  2.   Gato dijo

    ¿¿¿Cómo te atreves??? Jajajajaja… pobre de mí…

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