Bear and the City: 60 – Ir a peor

Pero si hay una verdad en esta vida es que, si las cosas van mal, siempre pueden ir a peor. Era más que obvio que mis fines de semana no iban a quedar en cremas anti-alergias y tranquilizantes. Eso sólo era la antesala de la bomba que estaba por explotar.

De nuevo un sábado por la tarde. De nuevo los dos juntos en el sofá viendo la televisión. Y de nuevo yo intentando conseguir algo de contacto físico. Esta vez lo conseguí. Mi ex se dejó hacer y yo vi el cielo abierto. Todo iba funcionando como la seda hasta el momento en el que él acabó. Se levantó del sofá vistiéndose y dirigiéndose fuera del salón. Mi cara de poker fue tal que sólo fui capaz de formular una pregunta, “¿Y yo?” Su respuesta marcó el fin de todo, “Si seguimos te voy a acabar haciendo más daño y yo no quiero eso.” Él no quería hacerme daño… no quería hacerme daño después de –hablemos en plata- haberse corrido, so hijo de puta. Se terminó de vestir y se fue con sus amigos.

No me podía creer lo que acababa de pasar. Hasta qué punto me había llegado a anular a mí mismo para terminar consiguiendo absolutamente nada. Llamé a mis anteriores compañeros de piso contándoles pelos y señales de lo que acababa de pasar, obviamente entre gritos. Sus respuestas fueron rápidas y claras, “Recoge tus cosas. Estamos allí en media hora.” Eso fue lo que hice. En apenas una hora estaba de vuelta en mi anterior casa, con el alma en los pies y sin ganas de nada. Aunque ya he dicho un poco más arriba que las cosas que van mal siempre pueden ir a peor… y así es como fueron.

Los siguientes días fueron pasando escudado totalmente en el trabajo. La única manera más o menos sana de intentar combatir la ansiedad era trabajando de manera convulsiva… y claro… el cuerpo no suele poder con todo. Una de esas mañanas en las que uno va siempre con la hora pegada al culo, corriendo como un descosido y siempre con esos dichosos cinco minutos con los que conseguir malas caras en todos lados a los que vayas, comenzaron los problemas. Casi llegando a la puerta de la oficina, mientras corría y saludaba a una de mis compañeras a gritos, un latido conseguía casi tirarme al suelo. Fuera lo que fuese pareció una explosión. Pude sentir como perdía de repente todo el calor del cuerpo y me quedaba congelado de pie, a punto de caer de rodillas al suelo. Mi cara no debió ser del todo buena, ya que el gesto que hizo mi compañera al taparse la boca me lo pudo demostrar. Vino corriendo, me sujetó y, no sé por qué, pero me habló muy bajito, “Tranquilo. Esto se te pasa ya. Ahora mismo estás llamando al médico, me digas lo que me digas.” Esta chica sabía de mi poca pasión por los médicos. Me llevó del brazo al teléfono de su mesa y me hizo llamar. Me dieron la cita para el día siguiente.

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El Gato

Bloguero adicto y redactor del grupo Actualidad Blog desde el año 2009. Un gay no vive sólo de Madonna y Kylie, por desgracia. También existen... Ver perfil ›

Un comentario

  1.   Kamaji dijo

    Menudo bastardo tu ex. Menos mal que tenías muy buenos amigos que se preocuparon por ti. No se por qué la gente piensa que comportándose como un desgraciado de mierda se puede conseguir que tu pareja te deje sin causarle dolor, cuando lo que consigues es todo lo contrario. De borregos emocionales anda el mundo lleno.

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