Bear and the City: 63 – Soy Napoleón Bonaparte

Había que ser fuerte y luchar por recuperarme. Además, con semejante arsenal de pastillas, como para no hacerlo. La charla del psiquiatra me puso las pilas al cien por cien y no quería desperdiciar esta oportunidad de volver a sacar la cabeza a la luz.

El tratamiento resultó ser una extraña montaña rusa de sensaciones. El antidepresivo me hacía subir incluso más que todo el éxtasis que había consumido en toda mi vida. Esos subidones tocaba controlarlos con ansiolíticos y tranquilizantes. Nada de automedicación, pero una bomba igualmente, por muy recetado por el médico que fuese. Lo importante en todo esto era que la motivación por mi parte estaba presente, de forma que tanto las subidas como las bajadas las tomaba como parte del proceso para recuperarme. De todos modos sólo iban a ser dos meses que además pasaron muy rápido.

Volví a la consulta del psiquiatra y sus primeras palabras me gustaron todavía más que las últimas de la vez anterior, “¡Chico, pareces otro!” Creo que lo que más me gustó fue que se acordase de mí. Le conté cómo iba funcionando todo, las subidas, las bajadas. Le hablé de las veces que fui al cine con amigos y de las que fui sólo. Le conté las veces que había ligado y las veces que había preferido quedarme en casa viendo la tele. Me bajó parte del tratamiento pero no me lo quitó. Mi cara se arrugó de momento, “¿Pero voy a tener que seguir con las pastillas? Pero si me encuentro muy bien.” El psiquiatra me explicó que estos tratamientos, además de muy largos por necesidad, no se pueden dejar de golpe, ya que el efecto de choque era muy grande y para nada yo iba ni a querer ni a soportar eso. No me gustó nada lo que acababa de escuchar. Yo ya estaba bien. El psiquiatra fue muy claro, “Tu bienestar de ahora está totalmente producido por el tratamiento. Dejarlo sería tu mayor equivocación. Te lo digo así porque sé que es eso lo que estás pensando.” Me dio una nueva cita para tres meses después con la promesa de que, en el caso de volver a aparecer como ahora, mi tratamiento comenzaría a bajar con el claro fin de desaparecer a los pocos meses. Jamás volví a esa consulta.

Si el psiquiatra no estaba de mi parte sería yo quien tomara las riendas de todo esto. De todos modos el entorno también estaba colaborando a mi bienestar. Dejé de mantener el orden en el tratamiento, pero sin hacer salvajadas. Tampoco quería presentarme una mañana en la oficina diciendo ser Napoleón Bonaparte. Aunque eso hubiera sido algo gracioso teniendo en cuenta lo que estaba por ocurrir. Una de las secretarias de la oficina se me acercó y me llevó a una esquina para contarme algo. Me dijo que las ventas no iban demasiado bien y que estaban necesitando gente nueva en la oficina. Fue directa al grano. “Sé que no te va a hacer nada de gracia, pero hemos contratado a tu ex. Él ha trabajado contigo durante mucho tiempo, así que conoce todas las zonas y la metodología nuestra. Es la persona idónea para trabajar aquí.” Me llevé la mano a la frente y le dije en un tono no demasiado bajo, “¿Sabéis que estoy de psiquiatras por todo lo que ha pasado con él y ahora me lo metéis en la oficina? ¿Estáis locos o es que os caigo mal?” Su respuesta casi la pude adivinar, “Las ventas van muy mal. Y no es contigo… sois todos. Si no estás de acuerdo, ya sabes lo que puedes hacer. Aquí no te está sujetando nadie.” No me fui. No podía irme ahora. Necesitaba hacer algo de dinero como para poder permitirme el irme de allí.

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El Gato

Bloguero adicto y redactor del grupo Actualidad Blog desde el año 2009. Un gay no vive sólo de Madonna y Kylie, por desgracia. También existen... Ver perfil ›

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