Bear and the City: 56 – En la calle

Las nubes negras se venían acumulando demasiado rápido. Ya no sabía a quién culpar. Quizás era yo o quizás era ese personaje extraño que me había echado por novio. Él tampoco había hecho nada por lo que tuviera que cortarle la cabeza. Su única culpa era su pasividad respecto al avance de la relación. A él le gustaba como estaba y yo estaba pidiendo el vestido blanco a gritos y en medio de la calle.

Las discusiones por celos eran cada vez más seguidas y mi comportamiento era cada vez más irracional, creando cada día una dependencia mayor de este chico. Esto sólo podía desembocar en lo mismo de siempre.

Serían como las tres de la mañana. Miércoles o jueves. Abrí los ojos y estaba en la calle. Miré hacia abajo esperando no ver lo evidente. Me vi la polla. Nooooooooo… desnudo, en la calle y, por lo que podía sentir, no estaba soñando. Sonámbulo otra vez y además me estaba despertando, consiguiendo con ello un porrazo en la cabeza al verme en otro sitio que no era mi cama. No sé como lo hice, pero conseguí no despertarme del todo y volver muy despacio hasta la puerta de mi casa. No me vio ningún vecino –suerte la hora que era- o al menos no escuché pasos detrás de ninguna puerta. Pero claro, yendo desnudo sólo podían pasar dos cosas, o me había metido las llaves de casa en el culo o me había bajado sin nada con lo que abrir la puerta de casa. Me negué a llamar al timbre. Sabía que si llamaba me acabaría despertando del todo y lo mismo me terminaba de volver loco del todo. Comencé a golpear la puerta muy flojito, sabiendo que la habitación de uno de mis compañeros estaba justo al lado de la puerta principal. A los pocos segundos abrió uno de ellos. Sólo le reconocí tres palabras, ya que al verle parece que me relajé y volví a perder la conciencia, “¡¿Quillo, qué haces?!” Recuerdo su gesto de mirar hacia abajo, verme en pelotas y empezar a llorar de la risa.

Mi compañero esperó a la mañana siguiente para contarme el resto. Parece que le repetí como diez veces “estoy esperando a que venga mi chico”. Me llevó a la cama. Una vez me acosté, me volví a levantar y cogí el móvil para llamar a mi chico. Mi compañero me quitó el móvil y me dijo que dejó la puerta de su dormitorio abierta por si acaso me volvía a ir de paseo.

De todo esto sólo pude sacar un pensamiento positivo. Mi relación con mis nuevos compañeros era buena de verdad, ya que no había intentado mear en la cabeza de ninguno.


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