Bear and the City: 64 – ‘FRACASADO’

Estar pasando por todo esto me resultaba la peor de las bromas. Despertarte por la mañana aún resacoso por el efecto de los tranquilizantes. Intentar pensar en cómo organizarte el día y recordar que la primera cara que vas a ver al entrar en la oficina va a ser la de tu ex y su puta sonrisa falsa de Espinete recién fumado. Saber que habría citas con algunos clientes a las que deberemos ir juntos aunque no ni él ni yo tuviésemos ganas. Esa mañana quizás caería una pastilla extra que me ayudara a pasar el día de un modo más fácil. De todos modos me daba igual.

Que otro día, un compañero, por una comisión de mierda te engañe a ti y a tu jefe pasando la venta por la oficina de la competencia, consiguiendo con ello dejarme un mes más a cero total, era algo que tampoco me mataba de la risa. Aunque, quizás, lo que peor me sentaba era ver la pasividad de mi jefe que, sabiendo que había sido mi compañero el que nos había pegado la vuelta, no se molestó ni siquiera en decirle nada y mucho menos en echarle. Ese también era un buen motivo para recurrir a la pastilla extra.

Antes de poder darme cuenta no sólo eran los motivos de trabajo por los que acababa recurriendo a la pastilla extra. Eso de acumular mierda en mi cabeza se había convertido casi en un vicio. El trabajo era una mierda, mis relaciones sociales inexistentes eran una mierda. Mí día a día era una mierda. Dormir sólo tres horas cada noche era una mierda. Cada vez que me paraba a pensar para poner algo en orden resultaba que habían pasado dos semanas. Dos semanas anestesiado en los que había hecho poco más que nada. Mi vida era una mierda y ahí estaba el quid de la cuestión… mi vida era una mierda. ¿Para qué iba a seguir con algo que no me motivaba a hacer absolutamente nada? Quizás había llegado la hora de hacer las cosas bien de una puta vez. Cada vez que miraba hacia atrás sólo veía mierda y más mierda. ¿Acaso necesitaba alguna señal más? Sólo faltaba que llevase el calificativo de ‘FRACASADO’ tatuado en la frente, o lo mismo lo llevaba y no podía verlo con tanta pastilla en el cuerpo. Me dio por comparar mi estado y el efecto de las drogas ilegales con las legales y no pude hacer otra que echarme a reír. Resultó que me tenían más hecho mierda las que se venden en las farmacias que las que compras en los baños de una discoteca. Qué ironía, ¿verdad?

Esa noche me eché a dormir pasado de tranquilizantes. Mientras hacían su efecto maquiné un plan, un “quizás” último plan que llevé a cabo a la mañana siguiente. Con la excusa de visitar a un cliente, aproveché y fui al médico con mis recetas del psiquiatra habituales. Mi plan era decirle que me había dejado uno de los recortes de las cajas en casa. Antes no controlaban los medicamentos como ahora, así que sólo hacía faltaba caerle bien a tu médico para conseguir la receta que quisieras. Ese era mi plan: mentir para conseguir unos tranquilizantes con efecto hipnótico que ya había probado años atrás y que recordaban mucho al efecto del éxtasis. Fue coser y cantar. Salí con mis recetas de siempre y con una extra especial a la que sólo le hacía falta una buena botella de whisky para acompañarla.

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